jueves 19 de noviembre de 2009

POR LA LIBERTAD DE JOSE ANTONIO

El caudillo Franco caminaba presto, convencido de su autoridad, portando en su uniforme el yugo y las flechas usurpados años atrás al mismo muerto al que precisamente pretendía rendirle homenaje en el Valle. Ese fue un momento grande para la memoria del difunto. No por la visita del general generalísimo. No porque se conmemorase a lo grande su recuerdo lapidario. Ese fue un día grande porque los falangistas, con camisas azules, con camisas negras, dieron la espalda al pequeño gran hombre haciendo girar al tiempo a toda la formación que rendía honores.

En la vida sólo nacen con honores reconocidos los pertenecientes a la monarquía, y esto puede ser debido a que la consanguinidad les puede impedir ganarlos en justa lid. Pero los que tenemos la sangre roja hemos de ganarnos a pulso esa mítica y ridícula creencia del derecho al honor, algo que durante muchos años nos lleva por la calle de la amargura hasta que, ya maduros, nos damos cuenta que el concepto del honor se ha disuelto en nuestros días paseando por ellos con más pena que gloria. Sin embargo, para Francisco Franco el honor era algo fundamental, se trataba de un elemento con el que atar bien atados los fasces y controlar así el sentimiento patrio impuesto a toque de imperio militar. Por eso aquél día los falangistas le pudieron en lo moral, porque le dieron la espalda jugando con los honores, como con ellos jugó también el valiente que gritó “¡Traidor!”, siendo consciente que con ello el honor tocado del general podría acabar de un plumazo con su honor gritado.

En la cárcel de Alicante, tras la orden de abrir fuego, las balas salieron de los fusiles sin piedad, atravesando el aire en busca del cuerpo de un revolucionario de una revolución no acabada, ni tan siquiera apenas empezada, o como escribió Gustavo Morales “La revolución pendiente”. Se podía haber evitado que las balas llegaran a su destino no dejando que aquellos soldados apretasen el gatillo, pero era mejor consentir, mirar hacia otro lado, echar la culpa al enemigo y crear un mártir sobre cuya tumba poder encaramarse para hacer ver mejor quién era ahora el revolucionario jefe.

José Antonio, Franco. Franco, José Antonio. El binomio no es binomio, sino dicotomía, porque Franco quería ser José Antonio, pero el revolucionario nunca pretendió ser Franco. Alterar los estados de conciencia hasta convencer a las masas de que se hereda una revolución no es un delito, pero si paranoia pura de lo que se quiere ser y no se es. Por eso al caudillo le dieron donde más le podía doler, al ofrecerle la espalda, al gritarle traidor, en ese sentido del honor que él pensaba había heredado de Heredia el mismo día que lo fusilaron, como si el alma del muerto hubiese escapado por el agujero hecho en su cuerpo por una de las balas, cuyo origen tan bien conocía el dueño del Pazo, y se hubiese transmutado en un nuevo ser, el reconvertido revolucionario Bahamonde.

Llegado un nuevo 20-N claman unos falangistas, aclarando que son auténticos, por la libertad perdida del difunto José Antonio. Y claman, y reclaman, porque entienden que las proclamas del revolucionario no han de equipararse, ni pueden, a las del general generalísimo, y menos se las puede manipular hasta el punto de continuar conmemorando conjuntamente la muerte de ambos dos. En todo caso, nada se sabe de que en el manifiesto exhibido a costa de esta pretensión se haga mención alguna al esfuerzo realizado por los médicos que atendieron a Franco para que su muerte coincidiera con la fecha de la del revolucionario. Incluso me atrevería a decir que haber liquidado al general generalísimo el 20-N, y enterrarlo junto al revolucionario, fue la culminación póstuma de los anhelos de un hombre por querer parecerse a quien no pudo ser, como si al hacerlo él también pasara a formar parte de ese espacio exclusivo reservado en el Universo para los grandes. En realidad, sin pretender ofender a nadie, y desde un punto de vista meramente literario, casi se dan todos los elementos para conformar una novela gay. Y hablando de gays, esto me recuerda que Pedro J. Ramírez me cita en su libro El Desquite alegando que “Javier Bleda se peina con gomina para parecerse a José Antonio”. Fue una lástima que Franco no tuviera pelo delantero suficiente como para saber si el bueno de Pedro J. hubiese escrito lo mismo de él, porque ya hubiera sido el colmo.

Pues bien, yo también me sumo a la propuesta de liberar la memoria de José Antonio de unas cadenas que lo mantienen atado históricamente a la figura de Franco. Nadie homenajearía al mismo tiempo a ejecutor y ejecutado. Bastante debe tener el espíritu del revolucionario vagando por las noches en Cuelgamuros, con el general generalísimo a su lado, sin parar de escucharle hablar sobre lo bien que ha ejercido de falangista progre durante cuarenta años. Efectivamente, como sabiamente manifiesta el manifiesto de Falange Auténtica, la visión joseantoniana de la vida distaba mucho de la que el caudillo sugería a sus súbditos. Y como nada hay que equipare a uno con el otro, ni en ideas, ni en formas, ni tan siquiera en lo esencial, justo es reclamar que se deslinden unos caminos que se unieron a la fuerza y se mantuvieron así fruto de la costumbre y el derecho de paso adquirido con los años. Claro que, ya puestos, el revolucionario seguramente tampoco estaría muy de acuerdo con el hecho de que su querida Falange fuera primero violada por el consentidor de su muerte y luego, después de ultrajada, cortada en pedazos por unos postreros seguidores que compiten por ser herederos de un legado ideológico que, en realidad, pertenece a todos aquellos que sigamos pensando en la revolución pendiente. Defender que no puede haber dos españas, pero sí varias falanges, es como defender que el caudillo fue un santo, y eso solo pasa en el Palmar. A este respecto sería interesante recordar lo escrito por el profesor de Sociología de la Complutense de Madrid, Ignacio Sánchez-Cuenca: “Los acontecimientos de los últimos años han mostrado que nuestro Estado de derecho no sólo está excesivamente manoseado, sino que además ha quedado vapuleado por sus más aguerridos defensores”. Algo así pasa con la Falange de José Antonio, vapuleada y manoseada precisamente por los que más la quieren.

Y luego Ynestrillas, mi amigo Ricardo Sáenz de Ynestrillas, que se ha propuesto acabar con los ultras que visitan su blog a base de publicar una suerte de poemas que parecen sacados del cuaderno de apuntes nocturnos de la mesita de noche del general generalísimo: “No escribir nunca nada que no rime conmigo / y decirme, modesto: ah, mi pequeño amigo, / que te basten las flores, las frutas y las hojas /siempre que en tu jardín sea donde las recojas”. ¡Dios mío! Alguien debería hablar con Ricardo.

Ynestrillas se alinea aguerridamente del lado de los que manifiestan en su manifiesto la libertad póstuma de José Antonio. Y yo le apoyo. Y no sólo por amistad entre hombres (la última vez que nos vimos creo que fue en un concurrido café de Chueca), sino porque creo que tiene razón al exigir nuevas armas para nuevos tiempos.

La celebración del 20-N es esperpéntica hasta el punto de parecer una concentración de loteros, porque en realidad lo que une a todo el mundo ese día es que compra lotería que, tal vez por la sobrecarga de simbología ultra, es manipulada por los servicios inteligentes para que no toque nunca. Y por si fuera poco los antifascistas, que este año estarán crecidos por la sentencia del caso Palomino. Y entre ellos podría estar mi propio hijo, quien gusta lucir estética extrema de antifascista, posiblemente porque ha salido tan revolucionario como su padre. Y entre los loteros y los antifascistas un escenario con entrañables ancianos manifestando su propio manifiesto sobre la unidad de España, la cobardía del Rey, no sé cuántas cosas más de Zapatero y un play back del cara al Sol porque ya no tienen energía ni para cantarlo. Todo ello después de haber obsequiado a los presentes con una hermosa loa interminable a Franco, José Antonio, los Reyes Católicos y hasta el propio Cid Campeador.

Eduardo Toledano, el que en vida fuera el alma mater de los ex combatientes, se me quejaba de Ynestrillas porque le hacía la competencia en la plaza de San Juan de la Cruz. “Este muchacho vale mucho”, me decía, “pero el muy jodido no tiene paciencia para que poco a poco lo convirtamos en el líder que tiene que ser”. Y ya está, tampoco me decía mucho más de Ricardo porque inmediatamente pasaba a hablarme de su auténtica pasión, las mujeres. Tal vez por eso nos llevábamos tan bien. Pero si ahora Eduardo estuviera vivo le preguntaría cómo puede uno presentarse el 20-N a defender unos ideales cuando, en nombre de esos mismos ideales, un chiquillo militar mató a otro más chiquillo que él sin venir a cuento. En nombre del fascismo mató uno y en nombre del antifascismo murió el otro. Ridícula la postura del primero, que llegó a decir en el juicio que patriota es el que se alegra de que gane la selección española de fútbol (sic). Triste la muerte del segundo, como todas las muertes, pero ésta más si cabe por el hecho de haberse dado entre niños que nada saben ni del fascismo ni del antifascismo, porque con sus actitudes lo que conseguían era que los extremos se tocasen hasta el punto de no poder distinguir lo uno de lo otro. Y el fiscal Javier Zaragoza empeñado en perseguir la asociación de los unos ignorando la violencia de los otros, haciendo como que no va con él, ni con el sistema, la obligación de educar a los jóvenes en la convivencia pacífica en un mundo del que nos acabamos de enterar que es redondo y que las patrias deben ir dejando lugar a la Humanidad.

Recuerdan los falangistas auténticos en su manifiesto que a José Antonio no le gustaría ver dos españas enfrentadas. Pues entonces mejor que se quede en la tumba soportando los paseos nocturnos con Franco, porque España, los españoles, no hemos aprendido nada de la Historia, de nuestra Historia. Fascistas y comunistas. Azules y rojos. Eran los años 30 del siglo pasado. Y todavía seguimos con lo mismo. Con un presidente del Gobierno que nos engañó con su sonrisa y su talante y que sigue pensando que los españoles son más que tontos. Con un líder de la oposición incapaz de controlar su propio partido y contagiado por la estrategia del “Y tú más” de los socialistas.
Seguimos con una España dividida y subdividida. Dividida en dos grandes bandos a partes iguales, de izquierda y derecha. Subdividida en ridículas aldeas autonómicas que claman el estatuto de nación teniendo un grupo terrorista y un presidente de club de fútbol como máximos exponentes de sus pretensiones. Seguimos con una España en la que cada día nuestros políticos nos muestran su peor cara, la de gente que se cree por encima del bien y del mal cuya única finalidad es descabalgar al adversario, poco importan los problemas reales y urgentes del pueblo. ¿Y queremos que no existan fascistas y antifascistas? Somos nosotros, los mayores, nacidos después del odio de la guerra y la post guerra, los que no hemos encontrado solución para la reconciliación, ni para la nuestra ni para la de nuestros descendientes. Mi hijo podía haber sido Carlos Palomino, el antifascista muerto. Y cualquiera de nosotros podía haber terminado cualquier día como Josué Estébanez, el fascista vivo.
Franco y José Antonio. Fascistas y antifascistas. Sí o no al 20-N. Derechas o izquierdas. PP o PSOE. Una España o muchas. Demasiadas preguntas. Que cada cual haga lo que quiera, pero conviviendo en paz, como también escribió Gustavo Morales, el otrora controvertido jefe nacional de Falange y también mi amigo: “De la protesta a la propuesta”. En todo caso, como en el fondo de lo que hablamos es de ideas patrias, me quedo con lo escrito por Maruja Torres en El País Semanal: “Están afortunadamente los sueños que nos sueñan, y que a veces nos dan patrias que no necesitamos defender, porque van y vienen y constituyen un regalo infinito, un territorio vago y múltiple en el que somos mejores y del que, al despertar, emergemos quizá con la tristeza de haber finalizado el viaje, pero indudablemente enriquecido nuestro avituallamiento para el día”.

lunes 3 de agosto de 2009

ROMPER ESPAÑA

La idea no es mía, sino de Pedro J. Ramírez, que en su artículo de El Mundo “ETA y el Constitucional” escribe que ellos, los de la banda, “tratan de romper España para crear un Estado vasco independiente al coste que sea”. En su introducción, la del artículo, Pedro J. relata una interesante historia sacada de la Historia, en la que le gusta bucear tanto como a Gustavo Morales, el otrora jefe nacional de Falange.

Cuenta Pedro que allá por 1790, y más concretamente el 11 de enero, hubo un debate en la Asamblea Constituyente que impulsaba la primera fase de la Revolución Francesa y al que asistían dos hermanos vascos. Uno de ellos, Garat el Joven, escritor, manifestó que “Se dice proverbialmente que el diablo vino a vivir con los vascos para aprender su lengua y no lo consiguió”. Por su parte el otro hermano, Garat el Viejo, abogado, añadió “No sé si cuando un pueblo ha conservado durante siglos costumbres patriarcales, puede ser moral y políticamente bueno mezclarle con pueblos más civilizados”.

En este caso, aunque uno no sea tan pertinaz historiador como Ramírez y Morales, he de estar de acuerdo en lo bien traído de la cita pedrojotiana para ilustrar una realidad más que cotidiana que ya, desde la noche de los tiempos, hace que el hecho diferencial vasco sea tan excluyente que hasta el mismísimo Diablo, cuya existencia es reconocida de facto por la Santa Sede, desesperase de aprender una lengua tan intrincada como las mentes de los euskoparlantes.

De no ser por los muertos hasta resultaría gracioso el debate de querer ser nación por agotamiento diabólico, pero hete aquí que hay víctimas, muertas muertas y muertas en vida, y eso eleva dicho debate, no el de 1790 sino el de 2009, a la categoría de enfrentamiento entre pueblos, que no es otra cosa sino una guerra, por mucho que lo queramos disfrazar con palabras menores. Ya José María Aznar, como también cita Pedro, convino que aquellas gentes del norte, a la vista de los acontecimientos, conformaban una suerte de “Movimiento de Liberación Nacional” y esto, que al director de El Mundo le parece un error, a los fascistas nos pareció que por fin se estaban planteando las cosas como debía ser, es decir, dos bandos enfrentados que debían atenerse a las reglas de la guerra, limpia o sucia, la que fuera, pero guerra a fin de cuentas. Sin embargo la alegría nos duró poco, porque de lo que se trataba era simplemente de preparar las condiciones para una nueva negociación, aunque fuera con las imposiciones de un Estado poco dispuesto a bajarse los pantalones.

Muchos muertos después, muchísimos, de los muertos muertos y de los muertos en vida, seguimos preguntándonos qué quieren los vascos y su grupo militar, siguen formando parte de nuestro día a día noticioso, siguen siendo los responsables de que se nos encoja el corazón de cuando en cuando y juegan con nuestra ridícula Constitución con tanta facilidad como lo hacen a la pelota vasca. ¿No sería mejor que, de una vez por todas, se les dijera a los vascos que elijan bando y que los que se decidieran por seguir siendo españoles se aparten para que no les salpique la sangre?

Por ahorrarles trabajo a jueces y fiscales quiero manifestar que Javier Bleda, el que suscribe, no está llamando al pueblo español a levantarse en armas contra nadie, tan ridículo no soy porque puedo imaginar la respuesta popular. Es más, hace tan solo un par de días uno de mis ex suegros, buen amigo por consiguiente del jefe socialista que fuera fundador y jefe de los GAL, me preguntaba por qué los españoles no hacíamos nada para acabar con esta sangría de una vez, a lo que le contesté que, si los ultras éramos incapaces de organizarnos para acabar con el enemigo, ya podía imaginar lo que costaría convencer a las masas que a lo más que llegaban era a mancharse las manos de blanco y a señalar estúpida y borreguilmente sus nucas.

A este juego pseudo filosófico entre nacionalistas de patria grande y de patria chica se nos han unido, por si faltaba algún esperpento, el capitán general de los Ejércitos, Rey de España por una gracia de Franco, y el obispo de San Sebastián que pretende conseguir lo que el Diablo no pudo.
Juan Carlos I ha dicho a su regreso de Madeira, en referencia a ETA, que “Hay que darles en la cabeza y combatirlos hasta acabar con ellos”. ¿Y eso lo ha dicho en calidad de qué?, ¿de Rey?, ¿de Jefe del Estado?, ¿de jefe de los Ejércitos?, ¿de español?, ¿de amo de su casa o de qué? Estas declaraciones, que no son normales en el monarca y que bien pudieran entenderse en el contexto de rabia general, habrían tenido contenido de haberlas hecho en el momento del atentado de Burgos, pero claro, un atentado sin muertos muertos, aunque tenga muertos en vida, no tiene la misma categoría.
De todas formas, ya puestos a dar por hecho que los atentados con muertos muertos son mejores para dejarse llevar por la rabia, tampoco hubiera estado mal que, para “darles en la cabeza y combatirlos hasta acabar con ellos”, Juan Carlos I, Rey de España, hubiese anulado in extremis su viaje a Madeira, calientes todavía los cuerpos de los guardias civiles, y se hubiese puesto al frente de lo que hubiera creído conveniente para el combate al que él mismo apremia a los españoles. Pero no, Su Majestad prefirió no hacerle el feo a su amigo Cavaco Silva, y mucho menos sabiendo que a ambos los iban a investir miembros de la Cofradía del Vino, que como todo el mundo sabe no es cosa menor según para quien, pero no es comparable con la sangre derramada de los guardias civiles.

Y mientras monseñor Uriarte, queriendo ser más que el Diablo de los vascos de Pedro J. de 1790, desde su púlpito de San Sebastián, ofreciendo a la Iglesia Católica como “catalizador del diálogo” siempre y cuando todos nos opongamos “tajantemente al terrorismo con todos los medios justos cuidadosamente examinados y respetuosos de los derechos humanos intangibles”. Como yo no estaba presente en la homilía no tengo ni idea si matizó qué quería decir exactamente con lo de combatir el terrorismo siendo respetuosos con los derechos humanos intangibles. ¿Se refería a que hemos de ser exquisitos con los terroristas para respetar sus derechos humanos intangibles?, ¿es que hay alguien que dude de que, sabedores de que el Diablo no los entiende, no vamos a hacer ningún esfuerzo por enviar sus almas intangibles al infierno? Cosa diferente es que queramos mandar al cementerio a su yo tangible, pero eso ya queda entre el Rey y nosotros, los combatientes.
Y esto último lo digo convencido, porque si el Rey, que es tan católico que hace jurar a los ministros ateos ante una Biblia y un crucifijo, no tuvo el menor inconveniente en refrendar con su firma la ley del aborto, a pesar de las advertencias de la alta jerarquía eclesial, es decir, que si al Rey no le tembló el pulso para autorizar el asesinato de seres humanos no natos, vascos y no vascos, mucho menos le iba a temblar ahora para pasar de la Iglesia y, dejándose de ñoñerías sobre la intangibilidad, combatir al enemigo autoproclamado dándole en la cabeza y donde haga falta. ¿O no es así?, ¿o es que se trata de una de esas proclamas de quien tiene firma pero no pinta nada, de quien viste el uniforme pero no es capaz de dar un puñetazo en la mesa y decir ¡basta ya! de vascos separatistas?

Pedro J. Ramírez, con la finura que caracteriza a este tipo de hombres tangibles por dentro e intangibles por fuera, apunta bien cuando escribe que ETA, a lo que de verdad aspira, es a que el Tribunal Constitucional, ese Tribunal, certifique que Cataluña es una nación y el Partido Socialista de Euskadi se coaligue con el PNV en busca de un estatuto similar, donde lo único que importe es que los togados superiores del reino les den patente de corso para sentir reconocido el hecho diferencial y con ello abierta la ruta legal hacia la negación de España en su día a día.

Si el Rey quiere darles en la cabeza y combatirlos que pida voluntarios y se ponga él mismo al frente, hasta yo pelearía a su lado; agallas desde luego no le faltaron para ver a su padre renunciar a la Corona en su beneficio, o para olvidar sus juramentos a la patria, a esa que le admitió como príncipe y le hizo rey. Pero si de lo que se trata es de lanzar peroratas cara a la galería, de olvidarse que es un militar y con eso de “darles en la cabeza y combatirlos hasta acabar con ellos” sólo quería decir que respetando el estado de Derecho y los bienes tangibles de los terroristas, entonces, no voy a negarlo, me tendrá enfrente, nos tendrá enfrente a los fascistas, porque para ser un buen vasallo hay que tener un buen señor, y no parece que sea el caso.

Claro que también podríamos dar otra lectura a todo esto. Ray Loriga escribe en El País Semanal un artículo titulado “Los niños” en el que apunta que “Todas las leyendas sustituyen la razón por una causa mágica. Podría decirse que la patria es un paraguas similar. Lejos de su cuidado estamos a la intemperie y, sin embargo, no existimos realmente en su cobijo”. Los vascos tienen su causa mágica patriótica, los españoles tenemos la nuestra, todos somos patriotas sin reconocer que, como dice Loriga, “Un patriota es casi siempre el enemigo del futuro personal, aquel que pretende cobrar por algo que ningún individuo puede en esencia perder”. ¿Qué vasco, patriota o no, dejaría de ser vasco porque el rey le atice en la cabeza?, ¿y qué español va a dejar de serlo porque deje de pensar en aquello del imperio donde nunca se ponía el Sol, siendo que además en el norte vasco el astro rey no brilla mucho, como también le pasa al Rey?

Muchas veces me he preguntado qué es ser fascista, o comunista, en estos tiempos globales donde lo divino y lo sublime se funde para dar paso a lo sustancial. ¿Qué derecho humano tangible tienen los vascos para matarnos?, ¿y qué derecho tenemos los no vascos para obligarles a ser españoles?, ¿y cómo se come que Bin Laden, al que todavía no conozco personalmente, se convirtiera en mi enemigo el día que dijo que había que reconquistar Al Andalus, es decir, que quiere invadir Albacete, de donde yo soy y que no es menos que Bilbao?, ¿es que la sangre de uno solo de los muertos muertos, o de los muertos en vida, no vale más que todas las patrias juntas?
Hoy por hoy tenemos una Iglesia Católica, con categoría de Estado, y a la que respetan por igual vascos y españoles, que plantea un diálogo respetuoso entre víctimas y verdugos. Tenemos un Rey de España, miembro de la Cofradía del Vino de Madeira, que aboga por la línea dura de la imposición y el combate. Tenemos también un montón de vascos, demasiados, que sigue considerando que no es correcto intentar mezclarles con pueblos más civilizados. Y tenemos españoles, millones, que durante décadas no han hecho nada, no hemos hecho nada, por equilibrar la violencia o por dar paso a la independencia.
Ante todo esto sólo cabe una reflexión, la que hay que hacerse cuando un niño de cinco años, como el mío, pregunta, ante lo evidente de los telediarios, que por qué unos señores querían matar a los niños que estaban durmiendo en el cuartel de Burgos. Respuestas puede haber muchas, alentando a la violencia o a la paz que puede provocarnos el hartazgo patriótico propio y ajeno, pero yo me quedo con la de Ray Loriga, que puede que no sea ultra, ni patriota español, pero que inteligentemente ha escrito: “Tiene que haber una solución no mal intencionada en la ecuación de la educación de nuestros hijos, una que no incluya ni la magia ni la patria, sino el respeto por las cuestiones que nos incumben y nos cuidan, pero que no nos determinan”.

martes 20 de noviembre de 2007

La galaxia de Ynestrillas

En estos días de tanta mención al fascismo y al antifascismo, de tanta preocupación por dar a entender a la ciudadanía que los actos de una parte de la memoria histórica serán la última vez que se celebran en tan sacrosanto lugar para muchos y, por supuesto, en días también en que el Rey es objeto de conversación y debate por diferentes hechos, no deja de tener su gracia que se saque a relucir en los principales noticieros el otrora acontecimiento de la “Operación Galaxia” con el fin, fundamentalmente, de hacer saber a la población que esto del fascismo da miedo pero está controlado, sobre todo porque el garante es el general Félix Sanz, quien con cínica sonrisa televisiva nos da a entender a todos, incluidos los militares, como su mejor aviso a navegantes, que esos eran otros tiempos.

No parece que fueran otros tiempos cuando el general Mena, hace tan solo un año, dijo en su discurso de la Pascua Militar: “Por razón del cargo que ocupo no debo, en actos como éste, expresar mis opiniones personales. Pero sí tengo la obligación de conocer los sentimientos, inquietudes y preocupaciones de mis subordinados y transmitirlos, como es habitual, a la máxima autoridad de mi Ejército, y hacerlos públicos, por expreso deseo de aquellos”. Sin embargo, el nuevo garante de la Patria, el JEMAD Sanz, no tuvo inconveniente en alentar al entonces ministro de defensa, José Bono, para que se arrestase al condecorado Mena de manera fulminante.

Tal vez lo que más molestó al JEMAD Sanz fue que, militarmente hablando, Mena recordó que el Ejército español figuraba, entre otras cosas, como verdadero garante de la unidad de la Patria, y no Sanz, que también, para lo cual no dudó en recordar: “Hemos jurado guardar y hacer guardar la Constitución. Y para nosotros, los militares, todo juramento o promesa constituye una cuestión de honor”. Y si unimos el recordatorio de que para un militar todo juramento o promesa constituye una cuestión de honor, con la ambigüedad del jefe de Sanz en este aspecto, nos encontraremos, una vez más, no con el hecho de que se agitase “el fantasma del golpismo”, sino con algo mucho más profundo, a la Corona no se le puede tocar, ni tampoco insinuar nada, y menos el deshonor.

Unos 50 oficiales retirados, porque a los no retirados les pesa la nómina más que el verdadero honor de defender a uno de los suyos, escribieron una carta a La Razón en apoyo de Mena en la que se podía leer: “Creemos que poner de manifiesto a sus superiores, en el citado contexto (la Pascua Militar), el conocimiento de una inquietud en el seno de las Fuerzas Armadas, el citar un importante artículo de la Constitución, el testimoniar el deber de todo militar de ser fiel al juramento o promesa de guardar y hacer guardar esa Constitución y el hacerse eco de un estado de opinión pública generalizado y recogido al detalle, día a día, en todos los medios de comunicación, no puede ni debe considerarse una opinión o injerencia personal sobre temas políticos”.

El mismo periódico, La Razón, también publicaba un artículo del filósofo Gustavo Bueno en que se leía: “Y si un Gobierno decide, en nombre de un pánfilo pacifismo, no apelar jamás a las Fuerzas Armadas, pensando que en el Estado de derecho las leyes se cumplirán por virtud de su propio prestigio, será porque ignora del modo más imprudente que la fuerza de obligar de las Leyes procede en última instancia de las Armas. Y en este sentido dice Don Quijote: «Quítenseme delante los que dijeren que las Letras [es decir, las Leyes] hacen ventaja a las Armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen.»”.

El entonces capitán Sáenz de Ynestrillas estimó, junto con el teniente coronel Tejero, que era llegada la hora de actuar, y que la Galaxia de aquella cafetería podría servir algún día para ilustrar una decisión tomada para un país que había comenzado a vivir en las nubes. Ahora la cosa ha ido a más, ya no es un problema de la galaxia, sino universal, como universal es la procaz idea de una Alianza de Civilizaciones cuando, como escribe el camarada y amigo Gustavo Morales en minutodigital.com: “Las comunidades islámicas se instalan en países europeos que les brindan los derechos políticos, económicos y sociales de los que carecen en sus países de origen. Ahí comienza una acción que les llevará de su presencia como invitados ajenos a otro nivel donde reivindicarán la total hegemonía, sin espacio para otras religiones”.

Pero nadie puede intentar ver los confines del universo si es incapaz de controlar lo que de verdad se está cociendo en su propia galaxia. A nadie con un mínimo sentimiento patriótico hay que recordarle lo que está pasando aquí, en España. No ha lugar, ni tiempo, para repetirnos una y otra vez sobre lo mismo, como repetitivos, y hasta lamentables, son los manidos discursos de la Plaza de Oriente. El castigado discurso del general Mena podría condensar esto que manifiesto en cuatro palabras que, sin duda, fueron el detonante de su arresto: “La historia se repite”.

El capitán Sáenz de Ynestrillas, luego comandante, murió asesinado por aquellos contra los que no le dejaron combatir, pero su memoria, sus convicciones y su hijo Ricardo, mi amigo, siguen vivos. Es él, Ricardo, quien escribe en su blog respecto de su visita al Valle en el homenaje a José Antonio: “Sonaba el Cara al Sol de forma diferente. Siendo un himno de amor y de guerra parecíame que hoy sólo clamaba guerra”.

Así es. Nuestra propia marcha sobre Roma sigue pendiente. Tal fecha como el día de hoy es buena para recordarlo.

martes 2 de octubre de 2007

Tiempo de lamento

La Corona se defiende porque, efectivamente, como ya otros han mencionado, el Gobierno le ha dicho que toca defenderse. Y lo hace porque la institución se quema, más allá del asunto de las fotos de cuatro pringados pseudoradicales, más allá de la fama de mujeriego que los medios de comunicación otorgan a su principal representante como línea maestra de su reinado, más allá, incluso, de las manipulaciones de toda índole realizadas por el Borbón principal en nombre de España para beneficio propio.

Se quema la Corona porque el propio país se está quemando, como se quema también la propia capital de Europa presa de los mismos separatismos que asolan la patria ibérica. Y se quema la Corona, y el país, sin que el ejecutivo de Zapatero diga esta boca es mía, más allá de dar por sentado que no pasa nada, ante lo que ya se presume una avanzadilla de ruptura del sistema establecido por una ridícula Constitución, amparada por un poder judicial de petimetres con toga.
Esta historia de desencuentros entre españoles no es nueva, la Historia ilustra con sangre las cruentas batallas que llevaron a reconstrucciones que, por lo visto, nunca consiguieron reparar el corazón de gran parte de los otrora contendientes. Pero ocurre ahora que gran parte de los españoles se querellan contra su españolidad, reniegan de ella y plantean el debate, también con muertos sobre la mesa, de que el Estado español no es más que un conglomerado de micronaciones cuya voluntad ha sido secuestrada durante décadas. No se trata por tanto de un desencuentro entre españoles, sino entre presuntos extraños que inventan su propia línea argumental para hacer creer a los demás, y creer ellos mismos, que la razón les asiste y lucharán por ella, empezando por renegar de un rey impuesto y terminando por declarar su independencia.

Si es así, si los que no tienen razón de ser quieren ser a costa de arruinar el estatus de una auténtica nación de cuya identidad dan fe siglos de verdadera Historia, será entonces cuando no quede más remedio que advertir a las autoridades que dicen representarnos sobre la búsqueda de una solución tajante e inmediata. Pero he aquí que gran parte de esas autoridades, que se sientan en un hemiciclo supuestamente respetable, son a su vez los cabezas de la rebelión, dejando por tanto sin validez el recurso a que sean ellos mismos, en tanto que padres de la patria, los que resuelvan sobre nuestra angustia vital. Es aquí donde los patriotas deben aparecer.

La Historia de España, tristemente, parece volver a querer escribirse con letras de sangre, y ello a pesar de que parecería improbable una contienda en momentos en los que la mayoría de los países del mundo envidian nuestra calidad de vida. Pero la Corona se quema, el país se quema y alguien debe gritar ¡Presente! para demostrar que al menos hay un español dispuesto al combate para intentar volver a poner las cosas en su sitio.

Es tiempo de batalla, tiempo por tanto de lamento.

martes 14 de agosto de 2007

El gran error fascista

Si consideramos el fascismo como legítima opción política hemos de tener en cuenta también, sin más remedio, que desde hace tiempo se está cometiendo un error de tamaña dimensión que hace que sea la supervivencia del propio fascismo la que esté en juego. Y es que no hay error más grande que negar la propia identidad política de uno mismo.
Tal vez en demasiadas ocasiones, he pensado que el ideal del ser humano es abandonar el hecho político y dedicarse a la confraternización entre todas las culturas del mundo, pero esto es casi tan utópico como pensar que las mujeres, sean de donde sean, llegan vírgenes al matrimonio. Por eso, por utópico, y porque la vida sobre la faz de la Tierra se ha convertido en una cuestión de pura supervivencia, es por lo que, guste algo o nada, la cuestión política se hace imprescindible en nuestras vidas y nos obliga a tomar partido respecto de los supuestos líderes que creemos van a defender mejor nuestros derechos. Y aquí el otro ideal, una vez dejado de lado el de abandonar el hecho político, sería el de al menos caminar juntos aquellos que entendemos estamos defendiendo unos pilares culturales similares que permitan perpetuar nuestra tribu en el tiempo, sin embargo, y por muy surrealista que parezca, no buscamos defendernos de un posible enemigo exterior, sino que son los nuestros, nuestros propios compatriotas, a los que ponemos en el punto de mira de nuestra ira política, cuando no personal.
Ser rojo o azul en España, cuando nos enfrentamos a graves problemas derivados de la globalización, debería de ser una especie de chirigota a dejar en manos de las comparsas de carnaval. Pero no es así, después de tanto tiempo, y ante la ausencia de verdaderos técnicos carismáticos, sigue existiendo una división grave entre las dos españas antagónicas que, a su vez, permite que otras múltiples subdivisiones vean la oportunidad del río revuelto para realizar en ganancia de pescadores el anhelo de su propia independencia. Será esta división de subdivisiones la que nos lleve por tanto, por una mera cuestión de supervivencia política, a reivindicar la existencia del fascismo como opción política tal vez, sólo tal vez, mejor que otras, al dejar en manos de personas que entienden del destino en lo universal el camino que ha de tomar la patria para seguir siendo considerada como tal.
Pero he aquí que vivimos en un país donde ser fascista, considerarse o que otros te consideren, es uno de los más graves insultos por encima incluso del tan traído y llevado hijo de puta, entre otras cosas porque de estos últimos los hay en abundancia y perfectamente reconocidos, y si tenemos en cuenta el carácter bastardo de la palabra, sería la realeza la que ostentase ventaja sobre el pueblo llano. Y considerar un insulto ser fascista debe ser porque, ser comunista, viene tocado por alguna especie de gracia de naturaleza desconocida que hace que los adeptos a la orden de la hoz y el martillo parezcan luchadores por la libertad, como nos quieren hacer creer que la Historia ha demostrado. Igualmente, en España debe ser malo ser fascista porque, seguramente, es mejor ser socialista para poder vivir bajo el halo protector de la luz que hace aflorar la intelectualidad. O a lo mejor es que resulta más rentable no ser fascista pero sí ser del Partido Popular, cuyos miembros, muchos de ellos, piensan de manera fascista pero creen disimular haciendo su aportación social renegando de sus orígenes y dando la imagen de la búsqueda de un falso centrismo lamentablemente inexistente. Desde luego, ser fascista, que normalmente viene ligado a patriota, es un insulto para los que desde su onanismo político mental, se consideran descubridores de minúsculos países y reinos perdidos en la noche de unos tiempos que jamás les vieron nacer como tales.
Ahora bien, el gran error del fascismo no es otro que el que los propios fascistas renieguen públicamente de ello, como Pedro negó a Jesucristo, y Dios me perdone por la comparación. Porque son los fascistas los que, al negar su propia existencia, más por imagen social que ideológica, contribuyen en mayor medida a mantener alejada de la realidad una línea de pensamiento político que, visto lo visto, posiblemente sea una de las pocas opciones que queden para mantener intacto el concepto de nación conocido y que está a punto de saltar en pedazos. Es irónico que los que están permitiendo que esta nación se hunda, atrapada por el peso de una Constitución que nos ha dotado de la ilusión de falsas libertades, denominen salvapatrias y le antepongan el apelativo de fascista, y por lo tanto represente un peligro social, a todo aquél que quiere que España mantenga su identidad nacional. Tal vez lo que habría que hacer es sentarse de brazos cruzados y ver como nuestra tribu, nuestro país, deja de serlo al tiempo que nuestra cultura, nuestra idiosincrasia, lo que somos, se pierde en el entramado de esos nuevos españoles venidos de otras latitudes, ya más de ocho millones entre legales e ilegales, y que exigen hacer valer sus culturas y sus derechos, justo lo que nos niegan cuando somos nosotros los que vamos a sus países. Y también tal vez habría que dejar que las memorias históricas sigan dividiéndonos, las alianzas de civilizaciones permitiendo avanzar a las hordas locas de la media luna y las educaciones para la ciudadanía introducirnos en una especie de agujero tan negro como el que rige el universo de lo antinatural.
Si crees que eres fascista reconócelo públicamente, porque la extrema derecha no puede considerarse elemento suficiente de camino ideológico. No reniegues de tus ideales ni de ti mismo, afirma con orgullo lo que defiendes y, sobre todo, no dudes en participar en la batalla de tu propia identidad política, porque es una batalla que se enmarca dentro de la guerra por la supervivencia. Yo soy fascista, ya puedes decir que conoces a uno.

lunes 16 de julio de 2007

El aspecto de las cosas

No hace tanto que escribía sobre la profesora de mi hijo pequeño la cual, ajena a mis pensamientos políticos, argumentaba que yo no podía ser fascista porque no tenía aspecto de ello. Como quiera que semejantes argumentos me hicieron reflexionar, y recordando las palabras de Pedro J. Ramírez, que en su libro El Desquite afirma que me peino con gomina para parecerme a Jose Antonio, comencé a fijarme en lo que el personal puede llegar a pensar de mí por mi simple apariencia.
En África, continente que frecuento para intentar equilibrar de alguna manera el tema de las pateras, en una ocasión, al decirle a un buen amigo negro que siempre va con traje lo elegante que me parecía su uniforme, puesto que lo llevaba para trabajar, él me contestó que así parecía más importante, pero que yo no hacía falta que me lo pusiera estando allí porque, con ser blanco, ya era suficiente para parecer importante.
Ya en Madrid, he podido constatar cómo algunas mujeres que notan que camino a su lado, exclusivamente porque van en la misma dirección y por la misma acera que yo, agarran fuertemente su bolso tras mirarme de arriba abajo, porque supongo que no tener aspecto de fascista te debe hacer parecer tironero. Esto me resulta muy curioso porque, sin embargo, cuando tengo la oportunidad de hablar largo y tendido (o sentado) con alguna mujer y me sincero con ella, haciéndole saber que mi ilusión es que me mantenga a cambio de sesiones regulares de sexo patriótico, entonces, y sólo entonces, me ofrecen su bolso, sus joyas y todo aquello por lo que en su juventud tantas veces tuvieron que ir a confesarse por haberlo sometido a pensamientos impuros debido, entre otras cosas, a que mi apariencia no debe parecerles la de un chulo.
Por otra parte, y también en relación con las mujeres y el verano, me deja profundamente inquieto acercarme a los puestos de guardia de alguno de los pocos edificios militares que están custodiados por soldados y comprobar que, para esos que están de guardia, no debo tener cara de fascista, ni de tironero, ni tampoco de chulo, por no tener no debo tener cara ni de terrorista, porque me ignoran totalmente si mi presencia coincide con el paso de una fémina bien dotada y poco tapada. Esto de no saber dónde encasillarse uno por su aspecto, en lugar de hacerte creer que eres el hombre invisible, más bien te puede llevar a la depresión existencial de no ser porque, en mi caso, he conseguido sacarle partido. Seguramente, esta confusión metamórfica bien puede hacer que el Sistema también me confunda, y conmigo a los que se atrevan, y no sea capaz de identificar que algo está cambiando realmente allá donde la extrema derecha finaliza. Como en los tiempos de Colón, se pensaba que al final había terribles abismos, por eso nadie intentaba la proeza de asumir llegar a la muerte segura. Así es el fascismo, nadie querrá mirar al abismo pensando que allí sólo está el fin del mundo político conocido, y tampoco nadie querrá reconocer a los que lo habitamos. Será entonces, cuando pierdan su tiempo inclinando la cabeza para mirar su propio ombligo y, de paso, el de su graciosa majestad, rey de las españas por una gracia de Dios, cuando descubran que los aspectos engañan. Para entonces será demasiado tarde.

martes 19 de junio de 2007

El Comandante Ynestrillas y el perdón

El pasado domingo 17 de junio se celebró en Madrid la misa por el XXI aniversario del fallecimiento del Comandante Ynestrillas. La Catedral Castrense de la calle Sacramento acogió a todos los que pensaron que, una misa por el alma de un caído, era la mejor fórmula para calmar el alma después de aquella barbarie cuyo efecto permanece anclado en los corazones. Sin embargo, la propia puerta de acceso al sagrado lugar ya presagiaba que algo no cuadraba, era como una señal que significaba en lo que se habían convertido los militares que vieron caer al Comandante, y a muchos otros compañeros, y permanecieron de brazos cruzados, como permanecen ahora. Como suele ser habitual en la mayoría de las iglesias, hay una puerta a la derecha para los que entran y otra a la izquierda para los que salen. En este caso, la puerta de la derecha estaba cerrada a cal y canto y por mucho que el personal lo intentase lo único que conseguían era acompañar con el ruido del gozne una liturgia ya empezada. Como más a la derecha de ese acceso no había otro, se hacía imprescindible y obligatorio entrar por la izquierda para, una vez dentro, vislumbrar en el propio altar una bandera constitucional que la mayoría de los presentes ni compartían ni maldita la gana de acatarla.
La homilía del sacerdote se centró en la evangélica figura del perdón reflejada en Lucas, 7 (36-50), algo que no casaba ni con los asistentes al acto ni con la actual situación política en España, pero ya se sabe que la labor de los representantes del Representante de Cristo en la Tierra, salvo en Vascongadas, es intentar apaciguar a su rebaño. Blandía el oferente los escritos de Lucas recordando aquello del acreedor que tenía dos deudores, uno que le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ninguno tenía con qué pagarle perdonó a ambos, por lo que Jesús preguntó a Simón el fariseo: “¿Cuál de ellos le amará más?” Simón respondió: “Aquél a quien perdonó más.” Cabe deducir pues que, cuanto más tiene uno para que le perdonen, más agradecido estará pero, ¿cabe el perdón, aunque fuera implorando las creencias católicas de los afligidos que han de ejercitarlo, en un caso como el del fallecido Comandante?
En parte, uno ha de estar de acuerdo con la visión particular del cura en cuanto a que, para que se ejercite el perdón, es necesario que el que ha ofendido lo pida o muestre arrepentimiento, de ahí que recordase a todo ser viviente bajo el techo del recinto castrense la necesidad de pasar por el confesionario y solicitar ese perdón ya que, hagamos lo que hagamos (y son palabras suyas), Dios siempre nos va a perdonar. Sin embargo, nuestro ordenamiento jurídico, que siempre ha esgrimido la figura del crucifijo en los juzgados, y en vista de que no se solían conseguir muchos perdones de los ofendidos para resguardo espiritual y legal de los ofensores, organizó una manera de penitencia física que sirviera de sustituto terrenal de la penitencia espiritual no solicitada.
Así, por ejemplo en el caso de De Juana, que tan de cerca pudo ver el atentado que dio lugar a la misa de autos que nos ocupa, perdón, lo que se dice pedir perdón, no ha pedido, pero amparándose en el mencionado ordenamiento jurídico, que por cierto fue montado por el mismo generalísimo que dejó tirado a José Antonio, ha cumplido su penitencia legal de dieciocho años de prisión, que por mucho que puedan parecer pocos, eran los que marcaba la ley según el código penal por el que fue juzgado.
Si De Juana ha cumplido, aunque sea a la fuerza, con la pena impuesta por la ley de los hombres, ¿es de recibo solicitar ahora el perdón de los ofendidos y, en caso de no concederlo, ser estos últimos los que se alejen de las Sagradas Escrituras, de la ley de Dios, en lugar del asesino? ¿Y si la magnanimidad de los ofendidos no llega a los umbrales del perdón argumentados en la misa?
Hay quien dice, tal vez ya demasiados, que la excusa de ETA sirve para muchas cosas, y yo creo que eso también es aplicable al asesinato del padre de mi amigo y camarada Ricardo. No podemos obviar que el Comandante se había convertido en una persona un tanto difícil para el nuevo régimen dictatorial salido de esa vergonzante patochada llamada Constitución; él parecía vivir en otra “galaxia”, en esa en la que aún vivimos los que no damos por sentado que España tenga que vivir de rodillas, y menos bajo el mando de un Rey cuyo concepto del honor es más que discutible. Por eso murió el Comandante, por incómodo, por imprevisible, porque sus secretos superaban y desesperaban a sus otros compañeros, los del entonces CESID, los mismos que sabían la hora de la ejecución, los mismos que charlaban tranquilamente en una terraza junto al lugar del atentado viendo con irónica pasividad cómo se alejaba el comando terrorista.
Hubo un momento durante la misa, ese en el que se llama a orar por los hermanos difuntos, en el que realmente pensé que alguien alzaría un “Arriba España” o un “Presentes”, tal vez fuera el respeto infundido al lugar el que contuviese unos corazones que se salían de su sitio. Cuando en los muros de la Catedral Castrense resonaron los nombres del Comandante Ynestrillas y del Teniente Coronel Vesteiro, “asesinados por la organización terrorista ETA”, según manifestó el sacerdote, sin llegar a mencionar a los verdaderos autores intelectuales del atentado, no creo que nadie estuviese pensando en perdonar, porque olvidar estaba claro que no se olvidaba a la vista de la existencia del propio acto eclesiástico.
Dios es amor, nadie lo discute a pesar de lo incomprensible para nuestras mentes de las incontables desgracias que ocurren a diario en el mundo. Jesús, su hijo, nos enseñó a poner la otra mejilla, lo que ya hemos hecho casi mil veces en el contexto en el que estamos, y digo mil por contar únicamente a los muertos. Y el perdón. Hay que perdonar, nadie duda de la grandeza de hacerlo. Por eso, como De Juana ha cumplido con la parte que la ley terrenal le ha impuesto, ahora debe tener derecho al perdón espiritual, pero como para los ofendidos por él puede que sea una prueba que los supere, lo mejor es facilitarle el acercamiento a Dios, ya que según el párroco castrense no tendrá ningún inconveniente en perdonarle porque lo perdona todo. Hagamos pues que cuanto antes pueda estar en el Cielo y con el perdón divino libere en la Tierra a los que ni olvidan ni perdonan. Y con él enviemos también al Sistema, para que los que lo han mantenido puedan obtener perdón divino por dejación de sus funciones.
Salía de la Catedral Castrense, me paré unos instantes a leer una placa referida a la inauguración real. Eso me produjo un malestar espiritual desbordante porque una cosa es tener la capacidad de perdonar o no perdonar a los demás, pero otra, muy diferente, es la de no perdonarse uno mismo. Y es que yo no me perdono que el Rey siga siéndolo, y que además figure en los escritos, en esos con los que pasaré a la Historia junto a él, que era mi jefe supremo, el líder de mi nación. Claro que peor lo van a tener los Ejércitos, que también figura como jefe suyo, y le siguen dejando.
Pasaban unos cuantos minutos de las ocho de la tarde, la misa había acabado, pero el que recuerda a un difunto debe hacerlo en condiciones, por eso mi subconsciente había atrasado la hora, para mí eran las dos y media, la hora en que las almas dormidas despertaron todas para ver, mirando al suelo, como un hombre justo dejaba su vida.
No estoy en la iglesia, puedo decirlo: Comandante Ynestrillas ¡Presente! Ni olvido ni perdón.

domingo 10 de junio de 2007

La fuerza de los símbolos

El mundo adelanta que es una barbaridad, y uno de esos adelantos, Google Earth, con su adaptación al mundo satelital, nos permite tener una visión un tanto peculiar de las cosas que nos rodean y que cambian mucho cuando son vistas desde el espacio. Así, con esta herramienta, se puede comprobar que en Estados Unidos hay una base naval anfibia en Coronado (California), en la que el edificio principal tiene el símbolo de la esvástica que, a pesar de su milenaria existencia, fue dada a conocer mundialmente por Adolfo Hitler y su adjudicación de facto al nazismo.
Ignoro los motivos por los que dicho edificio tenga la forma de semejante símbolo, puede que los diseñadores se dejasen llevar por los poderes místicos que se le atribuyen, o que, caso de ser posterior al nazismo, fueran arquitectos alemanes infiltrados los que dejasen su impronta como una dulce venganza arquitectónica; también es posible que fueran los propios americanos los que eligiesen el formato de la cruz venida en aria como un trofeo, igual que si otros de sus edificios militares hubiesen tenido forma de hongo nuclear.
Pero, al menos en mi discurso, lo que menos importa son las razones esgrimidas para convertir la esvástica en arquitectura. Son los símbolos, transmitidos de generación en generación, y algunos de ellos tan antiguos como la civilización más olvidada, los que realmente merecen ser motivo de estudio, porque mostrarlos, portarlos como estandarte, usarlos de manera oculta o venerarlos bajo juramento, nos hace más fuertes y nos permite caminar por la delgada y misteriosa línea del sentido místico de la vida.
Un somero análisis de la simbología mundial, llevado a efecto sobre todo por psicólogos y psiquiatras, daría seguramente un resultado asombroso y nos mostraría hasta dónde los símbolos han influido, e influyen, en la marcha de los acontecimientos de la Humanidad. Hitler robó la esvástica a indios, celtas y puede que hasta a los mismísimos trogloditas para hacerla brillar más que otra estrella, la de David, y conseguir que el símbolo de orgullo judío fuese marca de degradación y muerte. Franco, por conseguir ser portador del símbolo de los valores eternos, no dudó en negar la negociación y permitir que otro yugo, de color rojo, mantuviese inmóvil el cuerpo de José Antonio mientras era alcanzado por balas transmutadas en las flechas de la modernidad.
El mismísimo Juan Carlos I, rey de las Españas, luce con orgullo, inexplicablemente, otro símbolo, el de la Orden del Toisón de Oro. Y digo inexplicablemente porque, siendo católico, utiliza un símbolo pagano, aunque lo verdaderamente llamativo es que se atreva a portarlo cuando fue una orden creada para caballeros. No deja de ser curioso, o estúpido, que el carnero de oro, que de forma aparentemente magna porta el Monarca, tenga su reminiscencia en el vellocino que el israelita Gedeón ofreció a Dios en sacrificio por su victoria contra los madianitas cuando, como es público y notorio, fueron los ancestros del Rey español, y sus sucesores al trono, los que expulsaron a los judíos y mantuvieron esa decisión durante siglos. Incluso él mismo, portando ese mismo símbolo, muestra públicamente su amistad y lealtad a los enemigos de los hijos de Gedeón. Ahora, lo que clama al Cielo, como el mismísimo Gedeón clamó en la pira donde realizó el sacrificio, es que los eslabones y piedras de fuego que forman el collar del Toisón de Oro tengan relación con la divisa que el duque de Borgoña, trasmutado en Felipe II de Borgoña, portase en sus armas, un eslabón con un pedernal, y lo insultante, por elocuente y clarificador, para el actual portador del Toisón, un lema que decía así: “Hiere antes de que se vea la llama”.
Así son los símbolos, cargados de misterios, de historias, de incongruencias, de poder. Que los americanos tengan un edificio estratégico militar con la forma de la esvástica es, por supuesto, un dato curioso. Pero no menos curioso es que nosotros permitiésemos que el eterno aspirante a la masonería portase un yugo y unas flechas robados con nocturnidad. O que dejásemos que se arrogase el lujo de dejarle portarlo también a tantos otros que, como el Monarca, han hecho carrera de la mofa y el escarnio a un símbolo que costó la vida a su verdadero precursor. Por eso, porque los símbolos son así, es que otro símbolo, nuestras camisas azules, ahora se vuelven negras. Y nuestro yugo y nuestras flechas, portadas gratuitamente por tantos desconocedores de la lealtad, dan paso al fasces, adoptado en su escudo por la otrora honrosa Guardia Civil para significar su capacidad de salvaguardia, pero necesitada ya de un auténtico relevo, de símbolo o de identidad.Los símbolos se han usado históricamente en las guerras y las revoluciones, y muchos de ellos eran arropados por un lema, un grito de guerra que les acompañaba en los momentos de gloria o muerte. España está ahora en uno de esos momentos, ya que no lo va a usar, robemos pues a Juan Carlos I el lema de su orden: “Hiere antes de que se vea la llama”.

miércoles 30 de mayo de 2007

El toque nacional de Gallardón

Resulta que Alberto Ruiz Gallardón es un triunfador y algunos se acaban de enterar. Porque es triunfador el que, metido en un determinado negocio, en este caso la política, consigue llegar al punto máximo de sus aspiraciones primarias, como ya hizo él hace mucho tiempo y continúa haciendo. Pero el hombre, no Alberto, sino el género, quiere más, y en esa querencia natural está la aspiración legítima a gobernar el país del que ya gobierna su capital. “Tengo muchas ideas para Madrid, y también para España”, le manifestó a un pobre Rajoy que, sin negar su honorabilidad, que la tiene, no se puede entrar a discutir su carácter de líder, que no lo tiene. Y ahí está Gallardón. Esperando agazapado, o no tanto, a que su presidente partidista acabe en el lugar del que nunca debía haber salido, el registro de la propiedad.
Gallardón triunfa en Madrid porque hace cosas, muchas cosas buenas por una ciudad que nunca se acaba. Y sus silencios, porque ese es el mejor crédito que puede tener un político, el silencio y también la prudencia, mientras no se deja de trabajar y obtener resultados que beneficien a la sociedad que le ha elegido. Y con esos silencios, y esa forma de trabajar, se puede ganar España y hasta anexionarse parte de Europa.
Pero Gallardón pide más centrismo en su partido, porque lo radical no es bueno, apunta él. En una España dividida el centrismo gallardoniano y la visión técnica de buenos proyectos es lo mejor que podría pasar. Pero la realidad es otra, por desgracia. El buen hacer de Gallardón en Madrid no ha servido para controlar una delincuencia emergente, ni tampoco una inmigración que empieza a no dejar respirar a la sociedad. Más bien al contrario, se hablan bonitas palabras que invitan a la ciudad multicolor, abierta a todo el mundo, sin tan siquiera pensar que invitar a los que nada tienen, habiendo miles de millones de ellos en el mundo, acabará terminando en cuestión de un suspiro con la sociedad hasta ahora conocida. Y esa política, ese querer ser bueno, llevado a nivel nacional, no tiene otro destino que el desastre.
El ser humano jamás evolucionará lo suficiente como para aprender de su propia historia. Seguimos igual, o peor, que cuando empezamos a caminar erguidos. Los mismos sinsentidos, las mismas guerras, el mismo mundo dividido en los mismos sub mundos, la misma ansiedad por ser mejor que nuestros iguales, y así hasta el infinito. Resultado de esa negativa a evolucionar de manera consciente, es la firme convicción de que el centrismo no existe, y no existe porque hay que sobrevivir, llevando el espíritu tribal como estandarte.
Ser fascista en España no es mejor ni peor que ser comunista, ni ser del Partido Popular garantiza mejores expectativas que ser del Partido Socialista. Y los separatistas, que lógicamente, quieren sus fueros. Pero también está la supervivencia, y con ella los ideales patrios de cada cual. La actualidad demuestra cada día, irremediablemente, que lo que ahora todavía es España va a dejar de serlo muy pronto. Por eso los fascistas, nuestra tribu, tenemos derecho a plantear nuestro discurso y, como no, nuestra batalla, que lamentablemente sólo es posible bajo el manto de la sublevación.
Será entonces, llegado el momento, cuando demos cuenta también de lo que la Monarquía silenciosa está haciendo por nuestro país, porque un Jefe de Estado no requiere los silencios de un político tecnócrata. Será, digo, cuando el Rey deba rendir cuentas por engañar, con falsas expectativas, a tantos españoles de buena voluntad que le tenían como garante. Infame garante para mí, y para tantos que piensan como yo.
Gallardón sería la mejor opción para España si la Humanidad fuera de otra manera. Y no es así.

jueves 24 de mayo de 2007

El aspecto de un fascista

Esta mañana Mónica, la profesora de educación infantil de mi hijo pequeño, me sorprendió con una cuestión verdaderamente inesperada: "-¿Te puedo hacer una pregunta muy personal?", me dijo. "-Por supuesto", contesté yo, y más teniendo en cuenta que se trata de una mujer muy atractiva con la que no me importaría repensarme muchas cosas. "-¿A quién vas a votar?", me preguntó, y con ello, al mismo tiempo, consiguió dejarme totalmente descolocado, no era la pregunta que me esperaba. "-A nadie, yo no voto", le respondí, "y no voto porque soy fascista y no creo en el sistema".
Hasta aquí todo puede parecer ajustarse a una conversación más o menos normal, pero la gracia, la auténtica gracia, vino cuando Mónica me dijo que eso era imposible porque yo no tenía, para nada, "aspecto de fascista". Por más que lo intenté no conseguí hacer creer a Mónica mis verdaderos ideales, pensaba que le estaba tomando el pelo porque, de manera insistente, decía que yo no podía ser fascista porque no lo parecía.
Durante un buen rato después, mientras me dejaba llevar por los efluvios aromáticos de un café de Sumatra, estuve pensando en lo interesante de saber que, para muchas personas, los fascistas, más que serlo, han de parecerlo. Sin embargo, para Pedro J. Ramírez, según escribió en su libro El Desquite, sí debo parecer un fascista porque dice que me peino con gomina para parecerme a José Antonio.
Imagino que el trato diario con Mónica puede tenerla confundida, porque debe ser que los fascistas no se entregan, como yo, a causas perdidas africanas; o no participan en lecturas de cuentos infantiles delante de todos los papás; o no tratan a sus hijos con cariño o, sobre todo, no son tan amables con la profesora, independientemente de las ideas de futuro que tengan para con ella. No sé exactamente cómo es el prototipo de un fascista para Mónica, pero sí estoy seguro que, caso de que se tuviera un conocimiento óptimo de los predicamentos del fascismo, y sobre todo de cómo éste puede ayudar a corregir ciertos defectos de la sociedad, muchos de los que sí son fascistas no tendrían vergüenza en manifestarlo públicamente, igual que otros muchos que no lo son podrían ver interesantes las propuestas de los camisas negras.
Hoy en día la palabra Fascista se utiliza para casi todo, es casi como un Tampax, que sirve para la menstruación, pero también para montar a caballo, jugar al tenis, nadar y supongo que hasta para ir a votar. Fascistas son los terroristas, es el Gobierno, son los partidos políticos, son los que están de acuerdo y los que no lo están, es una mujer que asedia a un marido, un marido que agrade a una mujer, es la señora de la limpieza cuando no te deja pisar el suelo mojado. Fascistas son los comunistas, son los militares, los incontrolables y los controlados, los que van al fútbol, los que votan al socialismo, los que votan a los populares y los que quieren ser votados con sangre. Fascistas son los que van a misa, los que escuchan la COPE, los que cantan el Cara al Sol y los que no aguantan que los homosexuales se casen y adopten hijos. Aquí fascista es todo el mundo menos los que somos fascistas, y ocurre porque durante muchos años no hemos reivindicado el auténtico uso de la palabra.
No se puede creer en un sistema que considera intelectuales a los comunistas y elementos a exterminar a los fascistas. No se puede considerar serio un sistema que utiliza el nombre de una ideología como insulto, porque entonces, si no hay respeto a los derechos todos, no hay democracia. Y por último, no puede ser verdad un sistema que babea ante un monarca que ha sido traído a colación por un régimen fascista. Si los fascistas somos tan malos, se deberían tomar medidas inmediatas para eliminar de la jefatura de un estado, supuestamente democrático, a un elemento como el Rey que, a cambio de su futura coronación, juró fidelidad a los fundamentos de un estado fascista, ello sin tener en cuenta que no hay nada más fascista que la monarquía.
No sé qué aspecto deberá tener un fascista para mi querida Mónica, incluso creo que si llega a leer esto hasta me retire la palabra más allá de lo escuetamente profesional, para mi desgracia, pero de lo que sí estoy seguro es de que si todos los que lo son no tuvieran inconveniente en manifestarlo, en lugar de buscar subterfugios a manera de parapetos sociales, los fascistas tendríamos un hueco en la sociedad y posibilidades de demostrar lo que podemos hacer, sin necesidad de llegar a donde estamos llegando, el punto de la rebelión.